Para poder sobrevivir en nuestra sociedad manteniendo ciertos valores morales es necesario encontrar ese punto de equilibrio entre el monte de los egos y el nirvana del amor con el que todos hemos soñado alguna vez. Descubre cómo sobrevivir en nuestra sociedad con valores morales sin morir en el intento, y sin sufrir en exceso.

Valores Morales. Sobrevivir con Valores Morales

Las filosofías orientales nos hablan de una clase de felicidad que perdura. Una que no tiene que ver con las circunstancias externas, sino con el autocontrol de las emociones, con el desapego, con el aquí y el ahora que nos permite acceder a la dicha de vivir sean cuales sean las circunstancias externas. Pero acceder a un estado de plenitud semejante no debe ser nada fácil. De vez en cuando vemos en el programa de Punset a un monje budista que, efectivamente, tiene pinta de ser un tipo bastante feliz. Quizá sean necesarias horas y horas, y años, de retiro, de meditación, de silencio. Pero la gran mayoría de nosotros no tenemos otra opción que vivir en esta sociedad en la que hemos nacido que nos condena a dedicar prácticamente toda nuestra vida a trabajar en labores casi siempre estresantes, que nos enseña a diferenciarnos de los demás y a sobresalir y que nos condena a defendernos, como bien podamos, de esta especie de tiranía económica, social y política consentida por todos.

Sobrevivir con valores morales

Por muy idílica que nos resulte la visión oriental de la felicidad, lo cierto es que este es el mundo en el que habitamos y para poder sobrevivir con valores morales hemos de tomar decisiones que muchas veces chocan de frente con nuestros valores primarios. Por ejemplo:

    • Sé que cuando me beneficio de las cosas que esta sociedad me ofrece, estoy contribuyendo a que otras personas, en otras partes del mundo, mueran en la miseria. Con mis actos, les condeno, porque colaboro a que este sistema económico se engrandezca. Pero no sé cambiarlo. No sé dónde está ese nirvana del amor en el que yo pueda ser feliz y a la vez contribuya a la felicidad de todos.
    • No me gusta darle importancia al aspecto físico de las personas ni a su estatus y, aunque me gustaría más que esta sociedad lo viera de la misma forma, sé que cuando tengo un aspecto determinado y visto determinada ropa, me tratan mucho mejor en todas partes. Y prefiero que me traten bien, que mal. Preferiría un mundo en el que adorásemos cada parte de nuestro cuerpo y eso incluye, por ejemplo, el bello de las piernas, las canas o las arrugas. Pero si voy a una reunión o a una cita romántica con las piernas llenas de pelos, lo más probable es que la sociedad me aplaste y a día de hoy no soy tan valiente.
    • Abogo por la enseñanza pública y la sanidad pública y me gustaría que la mayor parte del presupuesto estatal fuese utilizado para que todas las personas, independientemente de sus ingresos, estuviesen cubiertas. Pero sé que cuando llevo a mis hijos a un colegio privado o al seguro médico privado, van a estar totalmente atendidos y evidentemente quiero lo mejor para mis hijos.
    • Creo en un mundo en el que las personas colaboran y se ayudan mutuamente y me gustaría que no existiese el dinero, que cada uno se dedicase a hacer aquello para lo que ha nacido y todos intercambiásemos nuestros talentos en beneficio de la comunidad, viviendo amable, moderada y sosegadamente. Pero sé que el mundo no funciona así, y que necesito ganar dinero para poder proporcionar a mis hijos una casa, y comida, y ropa. Y para ello, la mayor parte de las veces tengo que involucrarme en situaciones estresantes y asuntos con los que estoy en total desacuerdo o que no me importan en absoluto.

El pez contra la corriente

Imagina que hoy te has levantado alegre, feliz, que no tienes prisa. Entonces coges el metro y quieres ir despacio, mirar a la gente a los ojos, caminar con tranquilidad… cualquier persona que haya vivido en una gran ciudad sabe que es una misión imposible. Para poder caminar despacio en el metro a una hora punta de la mañana o de la tarde, hay que tenerlos muy bien puestos. Porque la masa te arrastra y no te señala con el dedo, pero sí con la mirada. Molestas. Cuando vas a tu ritmo, molestas. Cuando no haces las cosas que todo el mundo hace, molestas, especialmente si lo haces notar con evidencia, incluso aunque sean tus ideales y tu compromiso moral lo que te incita a hacer las cosas que tú consideras que están bien, molestas. Porque no todo el mundo tiene ganas de hacer las cosas bien y a nadie le gusta mirarse en el espejo de otra persona y verse desfavorecido.

Así que sí, alcanzar en nuestra sociedad el estado de plenitud que parece tener el monje budista del programa de Punset, no aparenta ser meta fácil. Pero entonces, ¿estamos condenados a permanecer instalados en el ultra-ego para poder sobrevivir?

El pez muerto

Bueno, podríamos tomar la actitud contraria. La de fluir en el río como un pez muerto que sigue la corriente de los demás sin plantearse absolutamente nada. Que corre cuando le dicen que hay que correr, que pisa cabezas cuando le dicen que hay que pisarlas o que se esconde cuando presiente el peligro.

Quizá entre ese estado de plenitud inmune al dolor que permite observar la vida desde el nirvana y nuestra civilización asentada en el monte de los egos, haya un peldaño intermedio. Un escalón entre el cielo y la tierra que nos permita sobrevivir dignamente en una sociedad corrupta disfrutando de sus aspectos positivos, aplicando pequeños cambios en nuestro micro-espacio que afecten, como el efecto mariposa, al mundo en su totalidad.

Fluir con la vida, pero vivos

Ahora imagina que te dejas llevar por la corriente del río y a la vez, cuando el cuerpo te pide saltar, saltas como un delfín dando brincos por la vida y, cuando el cuerpo te pide dejarte mecer, te dejas mecer por el agua. No vas contra corriente, te dejas llevar por ella. No quieres cambiar el curso del río. Pero como estamos vivos y no muertos, es posible que en uno de tus saltos te des un golpe contra las rocas o te rasguñes contra el suelo cuando el río es poco profundo. La clave para sobrevivir en la vida manteniendo ciertos valores morales es tener presente que esto ocurrirá y, aún así, no dejar de dar saltos, aunque nos magullemos.

Ir contracorriente no tiene ningún sentido porque, por muy alegres que nos hayamos levantado y muy despacio que queramos caminar, si molestamos a todo el mundo en la hora punta dentro del metro, es posible que esa alegría termine por convertirse en rabia cuando todo el mundo nos señala porque estamos incomodando. Evidentemente, si vives en un estado zen como el monje budista, podrías caminar despacio y seguir feliz y tranquilo a pesar de la reacción de los demás. Pero si no estás adoctrinado en la filosofía zen, lo más fácil es que reacciones a los insultos, y termines sintiendo rabia hacia el ejecutivo sin escrúpulos que va pisando y empujando a todos. Eso sí, entre caminar al ritmo de los demás, y dar pisotones o empujar, hay una gran diferencia.

Por supuesto que podemos vivir con valores morales; hemos de vivir con valores porque, de hecho, es lo único que dejamos en este mundo cuando nos vamos: el modo en que lo hemos embellecido. Pero tener valores significa que en un momento u otro nos vamos a chocar con algo, y no siempre sabremos cómo hacer las cosas bien.

¿Cómo es ese punto de equilibrio?

El hecho de fluir con la vida no quiere decir que siempre debamos hacer las cosas que los demás hacen solo por no incomodarles. Pero tampoco es buena idea querer cambiar las cosas que no está en nuestras manos cambiar. He aquí algunos consejos para encontrar esa línea de equilibrio:

    • Aceptar el mundo en el que vivimos, las circunstancias y todo aquello que no está nuestras manos cambiar.
    • Cambiar lo que sí está en nuestras manos cambiar, piensen lo que piensen los demás.
    • Confiar, confiar y confiar en la vida. Por muchos golpes que nos demos, tarde o temprano llegarán los remansos del río y el río sabe mejor que tú la dirección hacia el mar. No pretendas cambiar su trayectoria.
    • Escucha a tu corazón. Si el corazón te pide ir hacia el remolino, ve. Aunque todos los demás huyan al extremo contrario. Si finalmente el remolino era una trampa, no te culpes. Seguro que te servirá como lección para no volver a caer la prima vez que te encuentres con uno. Todo está bien.
    • Recuerda que no todo el mundo tiene la misma visión sobre lo que está bien o mal. Lo único importante es que no te traiciones a ti mism@. Si estás equivocad@, la vida te lo hará saber.

No perder los valores

Es posible que en algunos momentos de la vida, nos sintamos tan exhaustos de los golpes, que sintamos la tentación de tirar los valores morales por la borda, y comportarnos como aquellos que nos han hecho daño. No lo hagas, por favor.

Cuando siento la tentación de hacerlo, pienso que las cosas que considero que están bien, son actos de amor hacia los demás, hacia el mundo, y que ese el único legado que puedo dejar: el impacto positivo que cause en la vida de otra persona.

Es posible que algunas veces me equivoque, que no elija bien, que la energía amorosa que yo he regalado a alguien termine en la basura. Pero no hay nada más bello que seguir sintiendo esa energía amorosa dentro y las ganas de seguir ofreciéndola, a pesar de los golpes. Quizá mañana encuentre a alguien que pondrá mis flores en un jarrón y le alegraré la vida, y eso, sin duda, me hará sentir completamente feliz.

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