¿No te atreves a decir no? ¿El sí te sale con demasiada frecuencia? Veamos qué hay detrás de esta conducta y cómo podemos ponerle remedio.

Aprender a Decir No

Aprender a decir no es una de las cosas más difíciles que existen. Más aún cuando estamos pasando una mala temporada o cuando nuestra autoestima no anda muy brillante. Lo peor es que no saber decir no implica mermar todavía más esa autoestima deteriorada.

En este reportaje analizamos el por qué y revisamos algunos ejercicios que podemos poner en práctica para aprender a decir no.

Qué quiere decir “saber decir no”

Aprender a decir “no”, no significa que tengamos que negarnos a todo. Significa  ser libre para hacer las cosas que deseamos hacer o que nos parecen oportunas, sin importar lo que piensen los demás y sin dejarnos llevar por el sentimiento de culpabilidad.

Significa que, cuando el sentido común, el corazón o la voluntad nos dicen que debemos decir “sí”, digamos sí, y cuando nos digan que debemos decir “no”, digamos no, libremente. Saber decir no, significa tener el valor de mostrarnos ante el mundo tal y como somos, con valentía y honestidad.

Cuándo decir “sí” y cuándo decir “no”

La sabiduría para distinguir cuándo toca decir sí y cuándo toca decir no, es un asunto muy complejo. Las cosas nunca son blancas o negras. La vida posee infinitos matices y cada situación requiere una decisión específica. Con el tiempo, la experiencia y mucha libertad, podemos llegar a sentir más seguridad a la hora de tomar decisiones.

Sin embargo, hasta que llegue la sabiduría y aprendamos a manejarnos con soltura a la hora de decidir, es fundamental aplicar verdadera honestidad para decir abierta y libremente lo que nos parece o no oportuno.

¿Nos equivocaremos? Sin duda. Pero son precisamente los errores y la experiencia lo que nos acerca, cada vez más, a nuestra sabiduría interior. Una vez que pongamos en práctica esa libertad y observemos las consecuencias, tendremos mucho más claro quiénes somos y qué queremos.

Por qué no decimos “no”

Estos son algunos de los motivos que nos impulsan a decir sí con demasiada frecuencia:

    • Miedo a enfrentar situaciones desagradables

      Uno de los motivos por los que  no nos atrevemos a decir no, es por miedo a generar situaciones conflictivas que pensamos que nos sabremos afrontar. Piensa una cosa: la ley de la atracción funciona en todas direcciones y, casi siempre, las personas que se sienten víctimas atraen y son atraídas por verdugos (en un sentido figurado a veces, y a veces en un sentido muy realista). Si lo que tenemos delante es un verdugo al que siempre satisfacemos, solo conseguimos dos objetivos inútiles. El primero, crear un círculo vicioso en el que, cuanto más damos, menos recibimos y peor nos sentimos. El segundo: Perpetuar actitudes dañinas en los demás, haciendo creer al verdugo que su sistema funciona, lo que hará que siga ejerciendo su injusto poder sobre ti y sobre otras personas.

    • Sentimiento de culpabilidad

      A veces nos sentimos en la obligación de decir que sí porque nos sentimos en deuda con otras personas. Personas que nos quieren y a las que sentimos que debemos “devolver” algo cuando, generalmente, a esa clase de personas les basta con nuestro cariño. En este caso se trata de medir las fuerzas. Si te sientes con fuerzas y energía de hacer muchas cosas por los demás, perfecto. Así es como gira el mundo, dando y recibiendo. Pero si en estos momentos no tienes mucho que dar a los demás, no te olvides de alguien muy importante que también te necesita: tú. Piensa en ti como si fueras un bebé que requiere atención… ¿se la negarías? Si sientes la necesidad de proteger a los demás cuando te necesitan, recuerda protegerte también a ti cuando te necesites.

    • Miedo a decepcionar

      Detrás del miedo a decepcionar a los demás, casi siempre se esconde un sentimiento de inferioridad, una necesidad nada saludable de aceptación. En este caso es bastante habitual que repitamos patrones de conducta eligiendo siempre personas que nos demuestren, una y otra vez, que no somos merecedores o merecedoras de amor. Piensa en ello. Cuando alguien quiere a otra persona, la respecta y la acepta. Quizá sea momento de descubrir qué clase de gente te rodea. Tienes todo el derecho a manifestar en voz alta tus inquietudes, tus deseos y tus negativas. Quizá no haya demasiadas cosas en común con aquellas personas que no son capaces de entenderlo. Quizá haya llegado el momento de elegir relaciones más constructivas. Pero, para poder saber cómo son las personas que te rodean, es necesario encontrar la valentía de ponerlas a prueba; es necesario que te atrevas a manifestar en voz alta quién eres y qué quieres.

    • Creer que somos imprescindibles

      No, no somos imprescindibles. Lo suelo decir con frecuencia y algunas veces me lo tienen que recordar a mí, porque es fácil olvidarlo. Pensamos que los demás no sabrán apañárselas sin nuestro tiempo y nuestro esfuerzo, puesto que sabemos hacer las cosas mejor que ellos. No es cierto. Pienso que darle sentido a la vida en función de cuánto nos necesiten los demás es un error. Los demás se tienen a sí mismos. Uno ha de ser protagonista de su propia vida, no de la de los demás. Porque si no, corremos el riesgo de perder la verdadera satisfacción que es evolucionar con libertad sin desoír lo que nos grita el corazón y aquello que hemos venido a hacer. Además, en muchas ocasiones, decir no es la mejor manera de ayudar a que otros sean fuertes y autosuficientes.

    • Desidia

      Los actos automáticos y la desidia nos pueden alejar de la felicidad. Hoy somos una persona y mañana otra diferente. Creo que tenemos el derecho y la obligación de evolucionar. Y evolucionar requiere cambios y mucho esfuerzo. El hecho de haber sido durante toda la vida una persona que tiende a satisfacer a otros, no significa que mañana no podamos hacer algo diferente. Si decir sí y satisfacer a los demás no te genera conflictos, perfecto, no lo cambies. Pero si una vocecilla por dentro te dice que algo no anda bien, quizá haya llegado el momento de mostrar una faceta más auténtica de ti.

Algunos ejercicios para aprender a decir “no”

    • Jugar a no-complacer

      Te voy a proponer un juego. Se trata de llevar a cabo pequeños e insignificantes actos que vayan en contra de complacer a los demás, sin causar un gran perjuicio, solo para probar qué se siente cuando no se es complaciente. Es un ejercicio fascinante con el que se aprende mucho. Te voy a proponer varias opciones, pero puedes hacer cualquier cosa que se te ocurra, que no sea muy drástica ni te genere grandes conflictos, pero que suponga, de alguna manera, quedar mal con los demás o no hacer lo que se espera de ti.  Por ejemplo, la próxima vez que vayas a una reunión social en la que te aburras, no esperes a que nadie se levante. Sé la primera persona en decir “me voy” sin dar explicaciones y sin justificarte… a ver qué pasa (enseguida descubrirás que no pasa nada en absoluto). O, cuando entres en un establecimiento, no des los buenos días, o no contestes a un saludo… a ver qué pasa, simplemente experiméntalo. O, la próxima vez que te digan un piropo no te justifiques ni le quites importancia, olvida la modestia y simplemente di “gracias”. Experimenta cómo te sentirías si tuvieras el derecho de hacer algo, aunque no sea lo que los demás entienden por “correcto”. Este es un gran ejercicio de humildad: mostrarnos ante los demás siendo imperfectos, y no sacando a relucir lo “guapos y perfectos” que somos.

    • En situaciones límite

      Hay veces que sentimos tanta rabia de hacer algo que, en realidad, no queremos hacer, que llega un momento en que explotamos generando situaciones mucho más conflictivas que si hubiéramos dicho no, educadamente, desde el principio. Si estás viviendo una de esas situaciones límite y sientes que te falta poco para explotar, te propongo que te atrevas a afrontar la situación. Que, antes de que llegue la explosión, te armes de valor para sentarte delante de la persona en cuestión y manifiestes en voz alta lo que sientes. Pero tómatelo, de nuevo, como si fuese un juego. Lo más seguro es que, si no tienes costumbre, te salga mal y no encuentres las palabras adecuadas. Pero no importa. En este juego no gana quien lo hace bien, sino quien se atreve a hacerlo. El día que te atrevas a expresar abiertamente tus inquietudes, te habrás dado una importante lección: que puedes hacerlo, aunque sea mal. Ya lo harás mejor la próxima vez, cuando vayas adquiriendo experiencia.

Consecuencias de decir “no”

Dejar de cumplir las expectativas de los demás no suele ser bien acogido, mucho menos cuando ello implica no satisfacer sus deseos. Lo normal es que, en un primer momento, surja algún conflicto. Pero luego pueden darse situaciones muy interesantes:

    • Que recapacitemos

      Cuando manifestamos en voz alta lo que sentimos, nos estamos dando y estamos dando a los demás la posibilidad de observar la realidad desde otro punto de vista. Es decir, interactuamos. Si decimos no y manifestamos nuestra forma de pensar, puede ser que la otra persona nos ofrezca argumentos más interesantes que los nuestros y que recapacitemos. Puede ser que la opinión de esa persona verdaderamente nos haga reconsiderar nuestra negativa o que simplemente sea una artimaña de manipulación. Eso se siente rápidamente en las tripas. Si sigues sintiendo rabia, es que sus argumentos no te han convencido. Si, por el contrario, sientes un poderoso deseo de decir sí, entonces serás capaz de hacerlo, con el corazón y verdadera generosidad. ¡La cosa cambia bastante!

    • Que nos sirva de lección

      A veces, negarse a algo puede generar verdaderos conflictos que pueden ser muy enriquecedores a la hora de valorar la situación anterior. Por ejemplo, podemos llegar a destruir un proyecto o una relación con alguien que, en verdad, sí queremos tener cerca. Llegado el caso, nos daremos cuenta de que es peor el remedio que la enfermedad. Pero eso no es negativo. De nuevo, es una forma de experimentar y, con ello, evolucionar. Si se da el caso, habremos aprendido que a veces, hay que hacer cosas que no nos apetece hacer porque, a cambio, estamos recibiendo algo mucho más importante (amor, ilusión, fortaleza, etc). Y esa es una buena lección que no se aprende hasta que se experimenta. La próxima vez que nos toque hacer algo que no deseamos hacer, lo haremos con más agrado, humildad y satisfacción.

    • Que nos distanciemos

      Otras veces, decir “no” implica romper una relación que, seguramente, no tenía nada que aportarnos. Cambiar situaciones muy arraigadas o decir adiós puede resultar incómodo, pero necesario. Lejos de ser un trauma, decir adiós a los verdugos es un verdadero alivio.

    • Que encontremos el respeto

      Esta es la opción que, seguramente, se da con más frecuencia. Muchas veces pensamos que las personas que nos rodean no van a ser capaces de aceptarnos o de entender algunas decisiones cuando, la mayoría de las veces, ocurre todo lo contrario. Decir en voz alta quién soy y qué me hace feliz o infeliz; permitir que los demás me comprendan y acepten en un acto de generosidad para los otros y para mí. Perderse momentos tan maravillosos por miedo a las consecuencias es una auténtica lástima.

¿Nunca te has encontrado con personas que hacen cosas que tú jamás harías y que, sin embargo, todo el mundo acepta? ¿No has conocido personas que dicen “no” tranquilamente y a todo el mundo le parece bien? Es porque se aceptan a sí mismos, y eso se huele a distancia y se contagia. Si tú sientes que decir “no” es algo malo, los demás entenderán que es algo malo. Si aceptas que tienes derecho a expresar tus pensamientos y emociones, los demás también lo aceptarán.

Aprender a decir “no” y manifestar nuestros pensamientos es un ejercicio de respeto a nuestra persona. No saber decir no, lejos de ser un acto de generosidad, no conduce sino a perpetuar conductas nada saludables, ni para nosotros ni para los demás.

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