En nuestra sociedad se nos educa para vivir de espaldas a la muerte. Pero la muerte forma parte de la vida y dependiendo de cómo la gestionemos, puede ayudarnos a ser más felices y a disfrutar más de la vida.

La Muerte Forma Parte de la Vida: El Lado Positivo de la Muerte

Desgraciadamente, en nuestra cultura nadie nos enseña a familiarizarnos con la muerte y nos damos de bruces con ella cuando nos toca de cerca y no nos queda otro remedio.

La muerte forma parte de la vida y, si se nos educara para mirar a la muerte de frente, no solo dejaríamos de temerla tanto sino que, igual que se hace en otras culturas, podríamos utilizarla para crecer espiritualmente y aprender a disfrutar la vida como lo que es, un regalo maravilloso y efímero.

Prohibido hablar de la muerte

En otras culturas la muerte es tan cotidiana y está tan a la vista de todos que resulta del todo imposible mirar hacia otro lado. Se la mira de frente, se aprende e incluso se festeja la gratitud de haber tenido a esa persona cerca durante un tiempo.

Por desgracia, en nuestra sociedad no pasa lo mismo. Aquí, cuando alguien habla habitualmente de la muerte o saca el tema, parece que a todo el mundo le empieza a salir urticaria. Desde luego no es algo de lo que guste hablar ¿Por qué? Porque le tenemos mucho miedo a la muerte (y al sentido profundo de la vida).

 

Pero es que, queramos o no, tarde temprano nos vemos obligados a mirarla de frente cuando algún ser querido muere. En esta sociedad, al dolor de la pérdida hay que añadirle el desconocimiento y el desconcierto que produce la falta de familiaridad con emociones tan intensas, por no hablar de nuestra ridícula insistencia en superarlo lo antes posible.

¿No sería mucho más saludable familiarizarnos con la muerte antes de que nos pille por sorpresa? ¿No sería interesante estar más preparados? ¿No sería más saludable aceptar el dolor y la tristeza (que forman parte de la vida) en lugar de hacer como que no existen? Seguro que si tuviéramos menos miedo o pudor a la muerte, el dolor y la pena durarían menos y la usaríamos para convertirnos en personas más fuertes y más preparadas para gozar de la vida.

Vivimos de espaldas a la muerte

Creemos que las cosas van a durar para siempre, pero la vida es tan efímera como cualquier otra cosa.

En nuestra sociedad del supuesto bienestar, necesitamos (literalmente) toda clase de productos que nos faciliten la vida, seguros de todas las clases (qué eficientes son los publicistas que consiguen hacernos creer que necesitamos seguros de vida, es increíble), creemos que el éxito consiste en tener y vivimos teniendo mucho y creyendo que tenemos el derecho, además, de tenerlo para siempre. Y cuando dejamos de tenerlo nos quejamos a la vida, y cuando alguien muere, nos quejamos a la vida.

 

¿No es un poco infantil vivir de espaldas a la muerte? ¿asegurar la vida? Por supuesto, no se trata de deprimirse con constantes pensamientos horribles sobre la muerte, sino de mirarla desde otra perspectiva más amable, más amorosa, más madura.

¿Cuál es lado amoroso de la muerte?

Cada día es un regalo

Ese. La muerte nos recuerda que la vida es un regalo maravilloso.

Si, en lugar de quejarnos tanto, nos diésemos cuenta de que despertar cada día es una bendición; si entendiéramos con humildad que cada día que vivimos nos viene de más y que eso no significa que el mundo y las cosas deban ser como queremos que sean; si observáramos a la muerte (que forma parte de la vida) como una gran aliada que nos enseña y recuerda constantemente que no somos imprescindibles y que vamos a morir queramos o no… podríamos de verdad VIVIR con mayúsculas, experimentar el milagro de estar aquí cada momento, aceptar y celebrar con alegría cualquier experiencia que nos espere a la vuelta de la esquina.

Así, en lugar de sufrir sacando doscientas carreras y un máster; en lugar de perder el tiempo intentando triunfar; en lugar de preocuparnos y manipular el futuro de nuestros hijos, simplemente nos dedicaríamos a experimentar la vida con honestidad, a vivir amorosamente, a hacer lo que nos pide el corazón, a disfrutar con nuestros verdaderos anhelos, sin miedo ni culpa, dejando a los demás que también lo hagan.

La muerte y el ego

Liberarse del ego y la arrogancia y ponerse en manos de la vida supone una liberación inmensa.

No podemos evitar nuestra muerte ni la de las personas a las que queremos. Tenemos derecho a ponernos tristes, a tardar en superarlo, a sentir el dolor y luego, como todo, a dejarlo marchar y aprender con la experiencia. Y recordar que, tanto nuestra propia vida, como la de los demás, no nos pertenece. Nuestras posesiones y nuestro cuerpo no nos pertenecen. Disfrutémoslo mientras lo tengamos y liberémonos de la carga que supone pretender que todo sea perfecto. Nuestra vida en la tierra es finita, y por eso precisamente, es extraordinaria y perfecta, aunque no nos lo parezca.

Liberarse del ego supone ponerse en manos de la existencia, como dejarse abrazar por una madre, rendirse a algo que está muy encima de nosotros y nosotras y confiar en que, si las cosas son como son, será por algo, aunque no lleguemos a comprenderlo nunca.

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